Juárez, su tiempo y su lucha

Otras Notas: 

 

Erase que se era un liberal de sangre indígena que renunció a su vocación sacerdotal para convertirse en un brillante político, que en 1831, siendo aún estudiante de derecho, fue electo regidor del Ayuntamiento de Oaxaca y en 1833 fue diputado local en esa entidad. En 1834 se tituló como abogado y fue nombrado, a los 28 años de edad, magistrado del Supremo Tribunal de Justicia, en donde destacó por defender a indígenas en contra de abusos del clero.

 

A partir de 1841 fue juez civil y de hacienda y en 1844 fue Secretario de Gobierno de la administración centralista de Antonio de León, cargo que dejó por negarse a confiscar bienes de deudores de diezmos eclesiásticos.

 

Fue un feroz opositor al gobierno centralista de Santa Anna y, como gobernador interino de Oaxaca (1847 a 1849), realizó una administración tan ejemplar que, algo insólito para cualquier época del país, al salir dejó una caja de 50 mil pesos, mientras él seguía con su modesta medianía republicana. Fue este momento uno de los más significativos para la construcción del Juárez históricamente mítico.

 

Al terminar su periodo continuo con un activismo político anti conservador que le valió en 1853 el exilio en los Estados Unidos para regresar en 1855 a sumarse al Plan de Ayutla, base política de la rebelión liberal encabezada por Ignacio Comonfort, con la que derrocó al gobierno conservador que en ese momento regía al país.

 

Juárez fue nombrado Ministro de Justicia e Instrucción Pública y el 23 de noviembre de 1855 expidió la Ley sobre Administración de Justicia, y Orgánica de Tribunales de la Federación, la famosa Ley Juárez, con la que suprimió los fueros eclesiásticos y militares, hecho que lo convirtió en irreconciliable enemigo de los conservadores y el clero al acabar con una estructura heredada de la época colonial y que beneficiaba a quienes, a la sombra de una nación independiente y en detrimento de los más pobres, mantenían privilegios y bienes.

 

En 1856, Juárez regresó como gobernador provisional de Oaxaca, donde sus disposiciones fueron tomadas como referentes para la elaboración de la constitución de 1857. En septiembre de 1857 fue electo gobernador constitucional de ese estado, pero fue llamado por Comonfort para sumarse al gobierno provisional liberal. A finales de ese año, Comonfort fue electo presidente y nombró a Juárez Ministro de la Suprema Corte de Justicia, cargo que lo habilitaba como vicepresidente.

 

El 17 de diciembre de 1857 el general conservador Félix Zuloaga se rebeló contra el gobierno liberal y apresó a Juárez. El 11 de enero de 1858, los conservadores derrocaron a Comonfort, quien había liberado a Juárez y dejó en él la responsabilidad del gobierno.

 

Así, el oaxaqueño, ante el riesgo de ser capturado, llevó su simbólico gobierno haciendo por hacienda, pueblo por pueblo, hasta llegar a la ciudad de Guanajuato, acogido por el gobernador liberal Manuel Doblado.

 

 

Silao de la Victoria

 

El 18 de enero de 1858, tras cuatro días de penurias, Juárez llegó a Guanajuato, ciudad que no acababa de superar la crisis en que la sumieron las guerras de independencia y la confrontación liberal-conservadora del México independiente.

 

El 19 de enero, amparado por la tropa liberal guanajuatense, Juárez declara a Guanajuato capital del país y asiento de los poderes de la federación, con el apoyo de una coalición de estados integrada por Guanajuato, Jalisco, Colima, Aguascalientes, Zacatecas, Querétaro, Michoacán, Veracruz y Oaxaca.

 

El Benemérito designó como ministro de Gobernación a Santos Degollado (que, cabe aclarar, no nación en Madrid) y de Relaciones a Don Guillermo Prieto. Días más tarde agregó a las cartetas a Melchor Ocampo, Manuel Ruiz y León Guzmán.

 

La sede de su gobierno fue el edificio donde actualmente se asienta el Ayuntamiento, antigua sede de la intendencia y en su momento era el palacio del gobierno estatal.

 

En esta fecha, Juárez lanza un manifiesto en contra de los conservadores y reivindicador de los principios liberales. La masa liberal se sumó con júbilo a la causa juarista. Según los historiadores, sólo algunos sectores minoritarios de la clase media adinerada rechazaron al presidente liberal. Atribuyen al cura de la ciudad, José Toribio Hernández, el haber hecho proselitismo contra el presidente, a quien definía como “hereje, ateo, enemigo de la religión, carente de todo principio moral”, precedente de las campañas de la guerra sucia electoral tan común en el siglo XX.

 

El pueblo minero y los intelectuales de ese tiempo respaldaron a Juárez, quien disfrutó de los encantos de la ciudad, visitó las instalaciones de la Mina de la Valenciana, paseó por los callejones, escuchó leyendas, rindió honores a los restos de Hidalgo, Allende y Jiménez, depositados en el panteón de San Sebastián. Conoció a las momias y acudió a obras de teatro en su honor, como preludio de los que habría de ser la ciudad turística del siglo XX.

 

En los primeros días de febrero llegaron las noticias del acecho de los reaccionarios (así llamaban a los conservadores por reaccionar en contra del progreso término que ahora indebidamente se utiliza contra todo rebelde, indistintamente de su causa). Juárez salió de la ciudad de Guanajuato el 15 de febrero, para refugiarse cerca de León, en casa del liberal Macario Quesada. Durante el mes, el gabinete ambulante enfrentó en Guanajuato a las tropas conservadoras. 

 

Para el 13 de marzo, mientras Juárez huía rumbo a Guadalajara; empezando por León, estaba en manos de los conservadores. La lucha continúo con la ofensiva conservadora y la resistencia liberal que dos años después, con el apoyo de los Estado Unidos, contraatacó.

 

Los constitucionalistas se fueron apoderando de Zacatecas, San Luis Potosí, Aguascalientes y Morelia. En mayo de 1860 los liberales retomaron el control del estado; en junio recuperaron los liberales hasta ser derrotados en la histórica batalla de los llanos de Silao el 10 de agosto de ese año. En esa histórica batalla, un ejército de más de 9 mil hombres, comandados por los generales Jesús González Ortega e Ignacio Zaragoza, derrotaron a tres mil soldados dirigidos por el conservador Miguel Miramón, quien logró escapar, pero dejó una gran cantidad de artillería, municiones y pertrechos de guerra. Por estos hechos el Lic. Manuel Doblado, General liberal y Gobernador del Estado declaró el 12 de junio de 1861 a la ciudad como “Silao de la Victoria “.

 

 

Las secuelas y la herencia histórica

 

Con el apoyo de los franceses, los conservadores recuperaron el poder en Guanajuato en 1863. El resto de la historia se resume: Juárez, con el apoyo económico y estratégico estadounidense y ante la debacle francesa en Europa que obliga al ejército invasor a retirarse, derrota a los conservadores. El Benemérito de las Américas fusila a Maximiliano y muere en 1872, acusado de no respetar la constitución y de haber cometido fraude electoral. Juárez, el más grande mexicano de todos los tiempos, también tiene sus detractores entre los demócratas.

 

En lo que respecta a su vínculo con Guanajuato, la estancia de Juárez en la entidad fue un punto de equilibrio en un estado donde el conservadurismo, vía la influencia del clero, ha sentado durante siglos una sólida base histórica.

 

Por eso se refrenda la vigencia de una frase citada por el analista político Ernesto Arrache: “mezcla de liberal y mojigato, así es mi Guanajuato”.

 

Juárez representa el inicio de la transición del régimen feudal de facto, dominante en el siglo XIX, hacia los albores de la modernización capitalista bajo el régimen porfirista, misma que no benefició a la mayoría de los mexicanos porque la riqueza agrícola siguió en manos de los amos hacendados y la riqueza no agrícola fue apropiada por el capital extranjero. La profunda desigualdad generada por este modelo económico y la reticencia a aceptar a la democracia como la forma más práctica y acorde con su tiempo en el mundo hizo surgir la Revolución, que dio lugar a un México de capitalismo dependiente, amparado en un igualmente fallido esquema de economía mixta, del siglo XX.

 

Ahora, en el siglo XXI, la memoria de Juárez es trascendental: así como faltan muchas Alhóndigas por incendiar, faltan buenos honestos gobiernos y falta quien ponga en su lugar al conservadurismo “moderno”, pletórico de yupies transnacionales y políticos de imagen artificial, que se respaldan en declaraciones dominicales del alto clero y combaten los fenómenos sociales a punta de bazuka y tanqueta, como propios herederos de aquellos estirados “lagartijos” que imponían su ley con la cruz y el sable.

 

Juárez es el personaje al que muchos llaman héroe y otros consideran anti héroe: es bueno o malo, negro o blanco, sin tintes grises, asumido como bandera por sus herederos liberales o por caudillos políticos y es coyunturalmente reconocido incluso por sus enemigos históricos.

 

 

Juárez, el mito histórico, la bandera de liberales en la oposición

 

Erase que se era una ciudad nacida y ensoberbecida a la sombra de la minería, pletórica de excelsos templos, evidencia espiritual de su grandeza material; era una ciudad en ese momento herida en su economía, afectada por la crisis minera que, luego de tres siglos de bonanza, enfrentaba más de 50 años de vacas enflaquecidas por las guerras, primero de independencia y luego entre liberales y conservadores.

 

Ahí, en la que sería después llamada “Cuévano”, el licenciado don Benito Juárez García. Presidente Interino de México, asentaba los poderes del gobierno de 1858, a ese lugar montuoso de ranas, la capital de la República.

 

Habría de iniciar, de esa manera, un mito histórico en el que, por una parte, se le toma como bandera de las más diversas causas y, por otra, se le ve negro o blanco, sin dimensionarlo en la magnitud de sus aciertos y errores.

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