Obra "Mancha de Valores con don Justo Quijote"

Otras Notas: 

Personajes:

 

  • Don Quijote de la Mancha

  • La locura

  • Narradora

  • Aldonza Lorenzo

  • Marcela

 

Entran fanfarrias para preparar la llegada de Cervantes.

Cervantes entra desde donde está el público y avanza hasta sentarse en una silla.

Escucha la voz en off y simula escribir.

Voz en off: En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Este dicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año), se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanta su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra y de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos. En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio.

Entra la locura

Dramatización de la locura con música

Narradora: En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante (Explica qué es un caballero andante), e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravios, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.

Narradora: Nombre, fama, honra, honestidad; una probidad determinada en todo momento por la intención y calidad de las acciones de don Quijote.  

Don Quijote: (Interrumpiendo) Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, no será bien tener a quien enviarle presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: ”Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malandrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante”.

Don Quijote: Dichosa edad y siglo dichoso aquel a quienes los antiguos pusieron el nombre de dorados, y donde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en lo futuro. ¿No han vuestras mercedes leído las famosas hazañas del rey Arturo, a quien continuamente en nuestro romance castellano llamamos el rey Artús, con los caballeros de la Tabla Redonda, donde pasaron, sin faltar un punto, los amores que allí se cuentan de don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siendo medianera dellos y sabidora aquella tan honrada dueña Quintañona, de donde nació aquel tan sabido romance, y tan decantado en nuestra España, de... (Interrumpe la narradora y comienza a escucharse el romance con música. Tres estrofas. Don Quijote baila:

Nunca fuera caballero

de damas tan bien servido

como fuera don Quijote

cuando de su aldea vino.

 

Don Quijote: (Bajando la intensidad. Extrañado por la intervención de la narradora. La mira de reojo cuando habla). Pues desde entonces fue aquella orden de caballería estendiéndose y dilatándose por muchas y diversas partes del mundo. Esto, pues, señores, es ser caballero andante, y la que he dicho es la orden de su caballería, en la cual yo he hecho profesión. (Nuevamente entra en estado febril). Y así, me voy por estas soledades y despoblados buscando las aventuras, con ánimo deliberado de ofrecer mi brazo y mi persona a la más peligrosa que la suerte me deparare, en ayuda de los flacos y menesterosos.

Narradora: Nuestro amigo don Quijote es de generoso corazón, sobre todo aliento permanente para los débiles y desprotegidos de esta tierra.

Don Quijote: (Va hacia el público, ocasionando sobresalto) ¿Han visto más valeroso caballero que yo en todo lo descubierto de la tierra? ¿Han leído en historias otro que tenga ni haya tenido más brío en acometer, más aliento en el perseverar, más destreza en el herir, ni más maña en el derribar? Se va de bruces.

Narradora: ¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado (aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata dello). Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso (Explica la narradora); nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

Narradora: Benedicencia. El bien decir de don Quijote es una de sus grandes virtudes, y a todo noble propósito acompaña su discurso el altísimo don de la palabra.

Intervención de la narradora para definir el amor como un ideal, los tipos de amor, la conceptualización del término.

Aparecen don Quijote y Aldonza. Ella está un tanto alejada. El caballero va mostrando las cualidades de belleza de la dama y ella ilustra con burlas y gestos los requiebros y señalamientos. Don Quijote nunca advierte la presencia de Aldonza.

Don Quijote: ¡Oh Dulcinea del Toboso, día de mi noche, gloria de mi pena, norte de mis caminos, estrella de mi ventura, así el cielo te la dé buena en cuanto acertares a pedirle, que consideres el lugar y el estado a que tu ausencia me ha conducido! Y ustedes deben saber que todas estas cosas que hago no son de burlas, sino muy de veras. Así que mis calabazadas han de ser verdaderas, firmes y valederas, sin que lleven nada del sofístico ni del fantástico.

Narradora: Estas “calabazadas”, como el propio caballero andante dice, son una preciada insignia de su real valor, de su grandísima responsabilidad.

Narradora: Una vez  dicho esto, don Quijote escribió una carta a su Dulcinea que a la letra decía:

Don Quijote: (Escribiendo) Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura te desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea azas de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación.

Narradora: Don Quijote siente un respeto absoluto por Sancho, y así, le participa de todo cuanto piensa hacer, y qué más que enviarlo a la más insigne y preciosa de las misiones: ir al encuentro de Dulcinea.

Don Quijote: (Escribiendo) ¡Oh bella ingrata, amada enemiga mía! Si gustares de acorrerme, tuyo soy, y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo.

Tuyo hasta la muerte,

EL CABALLERO DE LA TRISTE FIGURA.

 

Fecha en las entrañas de la Sierra Morena a veinte y dos de agosto deste presente año.

Don Quijote: (En confidencia con el público) Dulcinea no sabe escribir ni leer, y en toda su vida ha visto letra mía ni carta mía, porque mis amores y los suyos han sido siempre platónicos, sin estenderse a más que a un honesto mirar. Y aun esto tan de cuando en cuando, que osaré jurar con verdad que en doce años que ha que la quiero más que a la lumbre destos ojos que han de comer la tierra, no la he visto cuatro veces; y aun podrá ser que destas cuatro veces no hubiese ella echado de ver la una que la miraba: tal es el recato y encerramiento con que su padre, Lorenzo Corchuelo, y su madre, Aldonza Nogales, la han criado. 

Narradora: Se trata, querido público, como ustedes podrán suponer, de Aldonza Lorenzo, labradora de condición, que tiraba tan bien una barra como el forzudo zagal de todo el pueblo, que era moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que podía sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviera por señora.

Don Quijote: Colérico. Bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta; y en lo del linaje importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta  que es la más alta princesa del mundo. Porque han de saber que dos cosas solas incitan a amar más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama. Sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que solo la discreta consideración puede encarecerlas, y no compararlas. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad, y ni la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las edades pretéritas, griega, bárbara o latina.

Narradora: El mayor contrario que el amor tiene es el hambre y la continua necesidad, porque el amor es toda alegría, regocijo y contento, y más cuando el que ama está en posesión de la cosa amada, contra quien son enemigos opuestos y declarados la necesidad y la pobreza.

Transición para preparar la aventura del encuentro de don Quijote con las tres aldeanas, entre ellas Aldonza Lorenzo.

Narradora: En una ocasión, caminando por una selva estaba don Quijote discurriendo sobre Dulcinea, cuando descubrió a tres aldeanas que caminaban hacia él. Aldonza se acerca y Sancho y don Quijote van a su encuentro. Cuando ella está muy próxima a él, el caballero andante cae de hinojos y comienza a turbarse y a temblar, mientras Sancho le cierra el paso a Aldonza. Don Quijote miraba con ojos desencajados y vista turbada a su reina y señora, y como no descubría en ella sino a una moza aldeana, y no de muy buen rostro, porque era carirredonda y chata, estaba suspenso y admirado, sin osar desplegar los labios. Pero rompiendo el silencio, Aldonza Lorenzo se dirigió a don Quijote:

Aldonza: Con lujo de violencia. Apártense de mi camino y déjenme pasar, que voy de prisa. ¡Mirad con qué se vienen los señoritos ahora a hacer burla de las aldeanas, como si aquí no supiésemos echar pullas como ellos! Vayan por su camino y déjenme en paz.

 

Don Quijote: Ya veo que la Fortuna, de mi mal no harta, tiene tomados los caminos todos por donde pueda venir algún contento a esta ánima mezquina que tengo en las carnes. Y tú, ¡oh estremo del valor que puede desearse, término de la humana gentileza, único remedio deste afligido corazón que te adora!, ya que el maligno encantador me persigue, y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para solo ellos y no para otros he mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una labradora pobre, si ya también el mío no le ha cambiado en el de algún vestiglo, para hacerle aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando de ver en esta sumisión y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago, la humildad con que mi alma te adora.

 

Aldonza: ¡Toma qué, mi agüelo! ¡Amiguita soy yo de oír resquebrajos! Apártese y déjennos ir, y agradecérselo hemos. Lo avienta y huye. Don Quijote la sigue, pero Aldonza cae y el caballero galante acude a levantarla. Ella no se deja levantar, y se monta sobre don Quijote, haciendo de jinete encima de su caballo. Luego se pone a correr sin parar y el caballero andante la mira hasta que la pierde de vista.

 

Don Quijote: Se levanta. En actitud lastimera. Yo nací para ejemplo de desdichados, y para ser blanco y terrero donde tomen la mira y asiesten las flechas de la fortuna. Y han también de advertir que no se contentaron estos traidores de haber vuelto y transformado a mi Dulcinea, sino que la transformaron y volvieron en una figura tan baja y tan fea como la de aquella aldeana, y juntamente le quitaron lo que es tan suyo de las principales señoras, que es el buen olor, por andar siempre entre ámbares y entre flores. (Avanza hacia el público. Como en confidencia). Porque les hago saber que cuando se acercó a mí Dulcinea, me dio un olor de ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma. Se sienta arriba de la mesa.

Don Quijote: Ahora torno a decir, y diré mil veces, que soy el más desdichado de los hombres, y el más feliz por lo mesmo.

 

Aldonza regresa para mostrarse y lucirse.

 

Narradora:      Esta que veis de rostro amondongado,

                         alta de pechos y ademán brioso,

                         es Dulcinea, reina del Toboso,

                         de quien fue el gran Quijote aficionado.

                         Pisó por ella el uno y otro lado

                         De la gran Sierra Negra, y el famoso

                         campo de Montiel, hasta el herboso

                         llano de Aranjuez, a pie y cansado.

                         Culpa de Rocinante. ¡Oh dura estrella!,

                         que esta manchega dama, y este invicto

                         andante caballero, en tiernos años,

                         ella dejó, muriendo de ser bella,

                         y él, aunque queda en mármores escrito,

                         no pudo huir de amor, iras y engaños.

            

                      

La narradora prepara la agonía y muerte de don Quijote. Del desencanto hacia la muerte.

Narradora: Como las cosas humanas no son eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres, y como la de don Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba; porque, o ya fuese de la melancolía que le causaba el verse vencido, o ya por la disposición del cielo, que así lo ordenaba, se le arraigó una calentura, que le tuvo seis días en la cama, con el cuidado de su ama y su sobrina, y en los cuales fue visitado muchas veces por sus amigos, el cura, el bachiller y el barbero, sin quitársele de la cabecera Sancho Panza, su buen escudero.

 

Narradora: La unión de estos amigos de don Quijote, que constituyen su verdadera familia, quedó de manifiesto en su lecho de muerte. Y Sancho no dejó de derramar lágrimas de dolor por su amo, carne de su carne, entraña de sus entrañas.

 

Don Quijote: ¿Quién me causa este dolor?

 

Narradora: Amor

 

Don Quijote: ¿Y quién mi gloria repugna?

 

Narradora: Fortuna

 

Don Quijote: ¿Y quién consiente en mi duelo?

 

Narradora: El cielo

 

Don Quijote: De ese modo yo recelo

                      morir deste mal estraño

                      pues se aumentan en mi daño

                      Amor, Fortuna y el Cielo

Don Quijote: ¿Quién mejorará mi suerte?

 

Narradora: La Muerte

 

Don Quijote: Y el bien de amor, ¿quién le alcanza?

 

Narradora: Mudanza

 

Don Quijote: Y sus males, ¿quién los cura?

 

Narradora: Locura

 

Don Quijote: De ese modo no es cordura

                      querer curar la pasión,

                      cuando los remedios son

                      muerte, mudanza y locura.

 

Narradora: Llamaron sus amigos al médico, tomóle el pulso, y no le contentó mucho, y dijo que, por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro. Fue el parecer del médico que melancolías y desabrimientos le acababan. Rogó don Quijote que le dejaran solo, porque quería dormir un poco. Hiciéronlo así, y durmió de un tirón, como dicen, más de seis horas; tanto, que pensaron el ama y la sobrina que se había de quedar en el sueño.

 

Don Quijote: (Incorporándose un poco, con energía contenida y mirando en derredor) ¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres. Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías. Yo ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno. Señores, yo fui loco, y ya soy cuerdo: fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno.

Don Quijote: (con un temblor de agonía) Oh, siento que me voy muriendo a toda priesa; déjense burlas aparte, si es que no me creen, y tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento; que en tales trances como este no se ha de burlar el hombre con el alma.

Narradora: En fin, llegó el último día de don Quijote, después de recibidos todos los sacramentos y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías. Hallóse un escribano presente, y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente como don Quijote, el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió.

Sancho: No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire, no sea perezoso, sino levántese de esa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa.

Aldonza: Escucha, mi señor, mi caballero, que estás en tu lecho de muerte. Sábete que la firmeza de tu amor es la parte más preciada por mi alma y por mi vida. Tus más finas aventuras en desventuras se vuelven. Pido a Sancho, tu escudero, que tiene entrañas tan tercas y tan duras, que no salga de su encanto Dulcinea. Oye a esta triste mujer bien crecida y mal lograda, y que la luz de tus dos soles que hoy sin remedio se apagan, sientan abrazar mi alma.

 

Narradora:                                    

            

                                         Yace aquí el hidalgo fuerte

                                         que a tanto estremo llegó,

                                         de valiente, que se advierte

                                         que la muerte no triunfó

                                         de su vida con su muerte.

                                         Tuvo a todo el mundo en poco.

                                         Fue el espantajo y el coco

                                         del mundo, en tal coyuntura,

                                         que acreditó su ventura

                                         morir cuerdo y vivir loco.

 

Narradora: Con la muerte de don Quijote, murió también Sancho, y todos los personajes que pueblan esta historia maravillosa. Nunca más se volvió a saber de ellos.

La locura culmina la obra.

Adaptación de la obra original: Ignacio Navarro Camarena