La casa hundida

El viento sobre los árboles de esa noche negra y fría, provocaba que tus tristezas se convirtieran en miedos …

“Ya viene el agua”, se escuchaba por doquier.


El Irapuato de los 70 era todo lleno de fresas: miles de hectáreas alrededor del caserío. Pocos autos y las familias muy integradas. En las colonias se conocían todos. Nos veíamos crecer unos a otros y las parejas eran de las mismas zonas.


La televisión comenzaba a popularizarse y las opciones de radio eran la XEWE y la XEBO. Los dos periódicos locales, el Sol de Irapuato o Noticias y el Heraldo, circulaban en las barberías, entre los aficionados al fútbol llanero cuando publicaban los roles de juego o, alta venta, cuando asesinaban a un prójimo y era noticia toda la semana.


En esos años llovía parejito, como reloj. Temporada de lluvias y a las seis de la tarde comenzaba a caer el agua y terminaba como a las ocho. Cuando se extendía la lluvia, nueve o diez de la noche. Y así año con año los temporales después del 25 de junio, del mero Día de San Juan.


Ese mes de agosto de 1973 hubo más lluvias de lo normal: los aguaceros se extendían hasta la media noche y, al día siguiente, las calles del barrio inundadas, pero no por mucho tiempo, porque como no había pavimento el agua se filtraba en las terracerías.


Niños felices recorriendo descalzos los charcos, batiéndose de lodo. Trocas atascadas y el “puchón”. Ranas y muchas golondrinas que llegaban y se desaparecían, haciendo sus nidos en rincones especiales con paja y lodo.


En esta barriada, una gran tienda de abarrotes y granos. Lácteos, pan, dulces y bebidas. Esta esquina la comenzaron a sellar por dentro y por fuera con ladrillos y cemento. Costales de arena y, mientras unos hombres, todos hermanos con la madre al frente terminaban la obra, una partida de chiquillos seguían jugando pelota en la esquina.


Ocho, nueve, diez y once años de edad no les decía nada eso del rumor de “ya viene el agua”.

Los chicos más aventados y algunos adultos, se aventaban a ir a la vía del tren, por donde se construía un camino a un lugar que nombraban fraccionamiento Santa Margarita o Villas de Irapuato, se oía decir.


Todo mundo traía el rumor de que “ya viene el agua”.


Tras el rumor, las calles se quedaron solas y con ello llegó el agua. De norte a sur entró el agua por todas las avenidas. Luego más, hasta que la corriente fue creciendo. Los hombres que querían salvarse primero caminaban con el agua hasta la cintura, luego al pecho y luego nadaban, los que sabían nadar mientras a otros se los llevaba la corriente.


El barrio solidario, soltaba cuerdas, aventaba troncos para salvar lo mismo personas que perros. Las hormigas trepaban en los cables que sostenían los postes, en los árboles que se mantenían en pie.


El Boby fue salvado mientras vio pasar a su lado puercos muertos, vacas, gallinas, muebles, todo.


Ese sábado 18 de agosto de 1973 cayó la noche y con esa noche negra, fría, llantos y tristezas. Desesperación. Muchas personas no sabían de sus familiares, que ese sábado de raya no regresaron a sus hogares.


Era una noche negra, mucho muy negra, con el ruido de la corriente del agua que seguía creciendo y el ruido de la lluvia. De vez en cuando un fuerte relámpago que despertaba a los niños que apenas dormían en las azoteas pero que ya tenían hambre.


Un pueblo muy creyente. Oraba. Quemaba palmas. El Rosario.


Los mensajes se transmitían de azotea por azotea, a gritos:

  • “Ya encontraron a Manuel, el Macaco”, se oía en medio de la noche.


Domingo, lunes y el agua se había llevado todo.


La tienda de don Nacho que fue bardeada en sus puertas y cortinas, también resultó inundada. El agua entró por los drenajes ese mismo día y cuando se revisaron los daños, prácticamente el agua acabó con la bodega.


En esa tienda grande del barrio se salvaron las mercancías guardadas en las partes altas.

Al bajar el agua el vecindario se arremolinó en la esquina y en cuestión de horas fue vaciada. A unos regalado el mandado. Otros pagaron sobreprecio. Unos saqueando.


En la parte alta de esa casona se resguardaron, entre las habitaciones y azotea de planta alta, unas doscientas personas.


A tres o cuatro días de bajar el agua de nivel, esa casona, de milagro no se vino abajo con decenas de familias arriba … simplemente se hundió, pareja, casi un metro.


Lo recuerdo como si fuera ayer:


A mí me tocó un bolillo duro, de días, un pan de lo más sabroso, con té dulce. Fue el bolillo más sabroso de toda mi vida.


En esa casa crecí.

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