Los últimos días de Juventino Rosas


En la Revista de la Universidad de México (UNAM), se publicó escrito de José Rubén Romero, donde describe cómo fueron los últimos días de vida del compositor y violinista Juventino Rosas:


Junta de sombras: Juventino Rosas (1868-1968)

Tristeza de México en Batabanó


Por: José Rubén Romero


Sobre la costa del Caribe, frente a la isla de Pinos, hay un pueblecito pequeño que lleva por nombre "Batabanó". Sus vecinos se dedican a pescar esponja, y se pasan la vida contemplando el mar, unas veces pintado de añil y otras veces teñido de púrpura.


Batabanó hubiera sido para mí un pueblo más de Cubita la bella, con sus palmeras oscilantes, como la cintura de sus mujeres; su manigua de un verde de ajenjo, y sus cañas de azúcar por cuyos cañutos corre sangre de dólares. En Batabanó, la pobreza de Juventino Rosas encontró un asilo, y los mexicanos de mi generación que alcanzamos a bailar "Sobre las olas", no debiéramos ignorar el nombre de este pueblo.

A Juventino Rosas le gustaba la alegría del vino; por alegrarse con exceso vendió la trompeta que parecía de oro, en la que tocaba alegres marchas, y por eso tuvo que desertar de la banda de un regimiento.


Organizó una "música de cuerda", al estilo de las de nuestros pueblos, que ejecutan en el kiosco a la hora de la retreta, el "Ave María" de Gounod, y en el templo, al cubrirse el Santísimo, "Porque Cuba eres tú", de Sánchez de Fuentes.


Con esta música fue a la Exposición de Chicago, de aquél Chicago que aún vemos en las películas que retratan las costumbres de 1900, con sus caballeros de patilla y chistera, sus "misses" de sombreros de flores, a la moda de 1948, y sus calles de tres pisos, sin más elevador que el corsé. Ignoro si Juventino logró estrenar su vals en la Exposición y, altruistamente, legó sus derechos a los acróbatas de todos los circos del mundo.


No sé cómo nuestro músico apareció en Santiago de Cuba y si ahí tocara danzones lánguidos para los criollos de guayabera y jipijap. Un mocito despierto -Regino Bettiz- servíale las copas de ron, y en tanto que su cliente las apuraba, el rapaz ensayábase a escribir estrofas aconsonantadas sobre la cubierta de la mesa, como una rúbrica de su futuro destino.


Acaso en el rincón de la bodega, adormecido por el calor y por el vino, Juventino Rosas evocara el paisaje de México y el recuerdo de aquel día de campo, junto al arroyo de Contreras, en donde escribió los primeros compases de "Sobre las olas", mientras los amigos, un poco achispados, discutían los encantos de una mujer, ocultos por una larga enagua de percal y por un rebozo terciado en el pecho, para que no se adivinara ni el aleteo de un suspiro.


Por deudas de café que no llegaron nunca a los veinte pesos ¡veinte toneladas de lastre para un pobre músico!, Juventino Rosas cambió Santiago por Batabanó, haciendo el viaje en una lancha carbonera.


Aún existe en el pueblo la fonda y en ella el cuarto que hospedó a Juventino y que, como siempre, no podría pagar. De día, platicaba con Isidro Albaina, de las cosas de Cuba y de las cosas de México. Por las noches, el cielo lo miraba con sus millares de ojos, tocar el violín y ensayar un "punto guajiro" para corresponder a la amistad de quienes lo escuchaban. Alguna vez, el arco de! violín, en complicidad con sus dedos, arrancaba las notas de algún jarabe de los de Santa Cruz de Galeana, y al preguntarle qué era aquello que tocaba, Juventino Rosas, respondía: "Es México, es mi Guanajuato; conózcanlo ustedes."


Juventino Rosas enfermó y tuvieron que llevarlo al hospital, refugio de soledades, incubadora de tristezas, presidio de negros pensamientos. Isidro Albaina estuvo ahí, como un médico de esperanzas; más para el viajero, ya cansado, lo mismo daba reposar en tierra propia que en una ardiente playa de Cuba.


Isidro Albaina le cerró los ojos, y el violín como a un huérfano se lo llevó a su casa.


Sobre las olas de Batabanó murió el autor de "Sobre las olas", y lo enterraron de caridad unos humildes pescadores de esponjas.


Como la vida de su dueño, el violín estuvo a punto de naufragar infinidad de veces, en las inundaciones de Batabanó, pero Isidro Albaina se encargó siempre de rescatarlo de la marea y de salvarlo de los escombros, hasta hacerlo llegar a nuestra patria, como un pequeño ataúd que encerrase el alma de Juventino.


* * *

Después de muchos años, en nombre de México, mi mano colocó en el pecho de Isidro Albaina, viejo y paralítico, El Águila Azteca. Aquel noble guajiro estuvo a punto de morir de emoción, y yo entretuve deliberadamente el momento de prenderle la insignia, en la tela almidonada de su chaqueta, para que los asistentes al acto no me vieran llorar...

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