Historia de la Alhóndiga de Granaditas


La Alhóndiga de Granaditas es el edificio histórico más importante de Guanajuato y uno de los primeros de la República Mexicana, pues el hecho que el destino escribió, en el nació México. La palabra alhóndiga proviene del árabe, y quiere decir almacén de alimentos. De todas las alhóndigas que se construyeron en todo el continente, ninguna tiene la belleza de la de Granaditas, nombre dado porque se construyó donde fuera un huerto de granados.


Poco después de la llegada (en 1792), el Intendente de Guanajuato don Juan Antonio de Riaño y Bárcena, pidió prestados 20 000 pesos del Ayuntamiento para establecer un pósito: un almacén público de maíz que podía ser vendido a precios moderados para contrarrestar cualquier súbita alza de precios. Para alojar tanto el almacén del mercado municipal de granos, obtuvo permiso del virrey para construir la Alhóndiga. La obra se comenzó a construir en 1797 y se terminó en el año de 1809, con un costo total de 218 306 pesos.


El maestro mayor de arquitectura que diseñó el edificio fue José del Mazo y Avilés, pero fueron Francisco Ortiz y Castro y Juan de Dios Pérez, ambos descritos como “maestros de arquitectura” quienes dirigieron la obra. El resultado fue un edificio monumental construido en un austero estilo neoclásico y cuyas altas paredes de piedra le dan un aspecto de fortaleza, pero agraciado con un patio porticado más propio para una misión que para un granero.


El 28 de septiembre de 1810, fue atacada y tomada por las huestes insurgentes de don Miguel Hidalgo en este hecho fue muerto de un balazo en Intendente Riaño.


En esa ocasión se distinguió por su heroísmo el humilde minero Juan José de los Reyes Martínez “El Pípila”, quien cubriéndose la espalda con una losa avanzó con una antorcha encendida y prendió fuego a una de las puertas, lo cual permitió entrar al ejercito insurgente y consumar la toma de Granaditas.


Posteriormente al ser pasados por las armas los caudillos insurgentes Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, fueron separadas las cabezas de sus cuerpos y traídas a la ciudad de Guanajuato el 14 de octubre de 1811 y colocadas en jaulas de hierro en cada una de las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas. Ahí permanecieron hasta el 23 de marzo de 1821, fecha en que fueron bajadas por orden de don Anastasio Bustamante y sepultadas en el entonces Cementerio de San Sebastián.


Otros usos de la Alhóndiga de Granaditas


Más tarde encontrándose de visita el Emperador Maximiliano de Habsburgo en la ciudad de Guanajuato, ordenó que la Alhóndiga de Granaditas se convirtiera en presidio. Esto sucedió el 18 de septiembre de 1864.


Un siglo después, en 1958, este edificio fue transformado en Museo de la Independencia Mexicana y en Museo Regional de artesanías.


Estructura del edificio


El edificio llama la atención por poseer dos entradas, en una (llamada puerta del Pípila) se hace alusión a la fe; en la otra, que da al oriente, hace alusión a Ceres, diosa romana de las cosechas.


El medallón que ornamenta la portada norte de este emblemático edificio es de forma oval y se encuentra rodeado por guirnaldas de olivo.


En la escalera para subir al segundo piso se encuentran muros pintados por el muralista guanajuatense José Chávez Morado, quien realizó una gran obra de arte haciendo alusión a la abolición de la esclavitud, la conquista militar y espiritual, el fin del imperio azteca, la encomienda, la inquisición, canto a Guanajuato, donde sintetiza la historia de la ciudad en todos los tiempos. En el costado sur de la primera planta, se localiza el recinto de los héroes, apreciándose esculpidas en bronce las cabezas de Hidalgo, Morelos, Jiménez, Allende, Aldama y Guerrero. En este recito se ubicó una lámpara votiva donde mensualmente y muy especialmente el 28 de septiembre, se renueva el fuego simbólico.


En todas las salas de edificio hay representaciones de hechos y personajes de la historia de México. Después de la derrota en Acatitla de Baján, fueron degollados los héroes mencionados, y en cada esquina de los muros exteriores fueron colocadas las cabezas, dentro de unas jaulas y colgadas de unos ganchos que aún existen. Junto a cada gancho fue colocada una placa con el nombre, como ubicación del lugar donde se colocó la cabeza de cada héroe en el siglo pasado.


Ataque de la Alhóndiga, 28 de septiembre de 1810


Este hecho histórico cambió la historia de México. Un día antes de éste acontecimiento, en la hacienda de Burras, a unos cuantos kilómetros de la capital, el cura Hidalgo redacta una carta donde solicita al Intendente Riaño le entregue la plaza para evitar un innecesario deramanamiento de sangre. El intendente no contesta y se prepara a defender la ciudad de Guanajuato. Era la una de la tarde cuando los Regimientos de la Reina y de Celaya, la mayor parte de la infantería estaba formada por campesinos y el pueblo en general, en total sumaban como veinte mil. Entran a la ciudad por la calle del Tecolote, ya en la ciudad, se les unió gran número, en su mayoría mineros, entre ellos los de Valenciana que eran azuzados por el administrador de dicha mina, Don Casimiro Chowell, partidiario de la independencia.


Dentro de las primeras acciones fue abrir las puertas de la cárcel y liberaron a 300 presidiarios, quienes se unieron al grupo rebelde. Allende y los demás jefes superiores iban designado los lugares estratégicos que deberán tomar los Regimientos de la Reina y de Celaya. Unos se colocaron en el Cerro del Cuarto y otros en las casas vecinas a la alhóndiga; gran parte de los de a pie, armados con hondas, flechas y unos pocos mosquetes, llevaban además banderas de todos los colores y con la Virgen de Guadalupe al centro se cubrieron todos los cerros circunvecinos y una columna de infantería y caballería se situó en la calle de Belén. El resto de los insurgentes unidos al pueblo de Guanajuato, reforzó todos los lugares que enumeramos.



Así inició el ataque:


El ataque comenzó por el lado de la cuesta de Mendizábal, defendida por el hijo del intendente, Don Gilberto Riaño. Cuando una fuerte columna de independentistas avanzaron contra las tricheras, y cuando estuvieron a tiro del mosquete, los defensores desataron un fuego nutrido derribando a muchos atacantes, por lo que tuvieron que retroceder en desbandada. Al mismo tiempo, en la calle de Positos, defendida por el capitán Pedro Telmo Primo, era dominada por los insurgentes, por lo que el Intendente Riaño vio necesario reforzar esas trincheras y poniéndose al mando de 20 hombres, salió a situarlos estratégicamente comandados por don José María Bustamante. Concluida la estrategia, volvió a la Alhóndiga, iba subiendo la escalera cuando un proyectil, disparado por un sargento del Regimiento de Celaya, lo hirió en el ojo izquierdo dejándolo sin vida. Al enterarse su hijo, Don Gilberto Riaño, tomó una pistola para quitarse la vida, pero los que lo acompañaban lo impidieron, y prometieron ponerlo en el lugar más peligroso de la batalla; esa oferta lo serenó y marchó a descargar su furia contra sus enemigos.


La muerte del Intendente produjo gran confusión quedando en su lugar tras acaloradas discusiones el Mayor Don Diego Berzabal. Aunque se produjo un desorden porque nadie le obedecía, excepto los militares. Entre tanto, los soldados que se encontraban en la azotea no cesaban de recibir millares de pedradas que les lanzaban desde el Cerro del Cuarto, fue necesario que los soldados tuvieran que bajar, pues la lluvia de piedras había crecido toda en la azotea a más de una cuadra (20 centímetros).


Al mismo tiempo, los destacamentos que cubrían las trincheras, agobiados por el número infinitamente superior de los asaltantes, abandonaban en completo desorden y corrían a guarecerse en la alhóndiga, cuya puerta se cerró apresuradamente tras ellos. Ante tal situación, los insurgentes bajaron del cerro pretendiendo alcanzar a los que corrían para refugiarse, pero eran recibidos a fuego de mosquete que caía sobre la muchedumbre, siendo difícil que un tiro se perdiese. Mientras que el joven Riaño, acompañado de algunos y sediento de venganza por la muerte de su padre, arrojaba sobre la multitud, frascos de azogue convertidos en granadas de mano que al hacer explosión mataban a muchos de los sitiadores. Estos, sin embargo, no cejaban, ni ante el vivísimo fuego que vomitaba Granaditas.