A 92 años del natalicio de Jorge Ibargüengoitia


El escritor Jorge Ibargüengoitia vivió durante un tiempo en una hacienda en San Roque en Irapuato, Gto., estos son algunos de sus recuerdos en este lugar:


“Cuando llegué yo a la hacienda, en 1948, una tercera parte de las parcelas estaban baldías.


—¿Y estas tierras?— pregunté.


—Son de los ejidatarios— me contestó el mayordomo.


El “dueño” de una estaba radicado en Los Ángeles, el de otra, se había ido de bracero, otro andaba de albañil en Irapuato y otro, el caso más notable, trabajaba de mediero. Pero cada cual, muy tranquilo, conservaba su tierra llena de mostaza, allí esperándolo, para cuando viniera una mala racha y no tuviera en donde refugiarse.”


Mis memorias del subdesarrollo (III)

Peculiares ejidatarios de Guanajuato

6 de noviembre de 1970

en La casa de usted y otros viajes, p. 58.



“Se trata de una hacienda que era de mi familia. No voy a decir aquí que era una hacienda modelo y que estaba estupendamente administrada cuando llegó la Reforma Agraria. Nada de eso. Era una hacienda que fue muy buena durante el siglo pasado y estaba en plena decadencia en 1938, cuando fue repartida. Nunca fue una hacienda muy grande. Lo que más llegó a tener fueron tres mil hectáreas, contando una gran parte, aproximadamente la mitad, de terreno incultivable, que servía para que pastaran las cabras o vacas acostumbradas a comer huizache. A principios de este siglo fue fraccionada y dividida entre cuatro hermanos. La parte que le correspondió a mi padre, que fue la que yo más tarde administré, tenía unas trescientas hectáreas de tierras primarias y el resto era monte.”


Mis memorias del subdesarrollo (III)

La Reforma Agraria

30 de octubre de 1970

en La casa de usted y otros viajes, p. 51.



Descripción de la hacienda


“Vista desde La Lomita, la ranchería de San Roque tenía un aspecto medieval y africano”


“El casco de la hacienda es una construcción antigua de adobe recubierto de piedra. En el arco del mirador que está en la planta alta, hay, inscrita en el estuco, una fecha: 1692. La casa habitación es amplia, pero de sencillez espartana y en determinado momento puede cerrarse herméticamente y quedar convertida en fortaleza.


En una de las habitaciones hay una tronera desde donde uno puede acribillar a cualquiera que se acerque al portón que, por su parte, encierra la casa, el pozo, una troje pequeña y los establos. [...]


La casa mira al oriente, al monte y al Cerro Grande. La ranchería, que queda atrás de los corrales, y está perfectamente aislada de la casa grande, tiene forma de pentágono y está circundada por un foso que sirve al mismo tiempo de desagüe y de defensa. Por las noches, cuando todo el ganado ha sido recogido, se cierran dos puertas y la ranchería queda aislada del mundo exterior.


Cerca de la casa hay dos eras y un aventadero, en donde se desgranaba todo el producto de la cosecha antes de guardarse en las dos trojes, que son enormes.


Lo admirable de estas construcciones en lo bien planeadas que fueron. Cada una de ellas ofrece una solución, no original, pero sí perfecta, a una variedad enorme de situaciones: desde una cosecha abundantísima, hasta un ataque militar.


Dicen las malas lenguas que esta hacienda fue, en un principio, propiedad de las monjas del Convento de la Soledad, en Irapuato.


Aunque nunca he confirmado este dato, sí creo que la hacienda haya sido inicialmente bien eclesiástico, porque la fecha en que la compró mi bisabuelo corresponde a la de la aplicación de las leyes de Reforma.


En el siglo que estuvo en manos de la familia, hubo de todo. Desde el florecimiento de principios de siglo hasta la decadencia de 1950, que me tocó presenciar.”


Mis memorias del subdesarrollo (III)

Pretérito imperfecto

10 de noviembre de 1970

en La casa de usted y otros viajes, p. 60-61.



… “Las casas eran de adobes, los techos de tejas, había fitolacas, mezquites, zapotes, yucas, nopales, y muchas macetas con plantas que daban flores. En las mañanas, las mujeres encendían la lumbre y el humo se quedaba colgando encima del rancho en un estrato regular, los hombres, envueltos en sarapes, ponían sobre el foso las vigas, lo cruzaban, se iban a La Lomita a hacer sus necesidades y después se quedaban platicando bajo el rayo de sol como los personajes de Milagro en Milan.


Yo era el propietario de ese lugar tan pintoresco.”


Colonos

Recuerdos de un fraccionador, 6 de julio de 1976

en Misterios de la Vida Diaria, p. 180.



Recuerda haber tenido problemas para entender a las personas


“El primer problema que encontré al llegar a la hacienda a la que me he estado refiriendo, era de comunicación. En primer lugar, en 1948 estaban todavía en uso muchas palabras del siglo XVI -trujo, joyo, jierro- además de otras de origen desconocido y probablemente de intervención local, como “pacencioso” por pachorrudo, “abuja” por aguja, y “abujilla” por bujía, y, por último, muchas de importación braceril, como “troca” por camión de redilas, “carapila” por tractor de orugas, “paipa” por tubo de succión, etcétera. Pero si el vocabulario era en parte del siglo XVI, el estilo epistolar y de la conversación era, en general, barroco purísimo. [...]


Cuando estaba yo en la hacienda y alguno de los campesinos, incluyendo el mayordomo, tenía necesidad de arreglar algún asunto conmigo, se sentaba en la barda del aventadero, que quedaba frente a mi ventana y esperaba pacientemente a que yo lo viera allí sentado, comprendiera que me estaba esperando a mí y no disfrutando del paisaje, y saliera a hablar con él.


La barda del aventadero, el tronco de mezquite que estaba junto al zapote y la raíz de la pitolaca, eran mi despacho. Allí arreglé todos los asuntos que tuve en los tres años que viví en la hacienda.


Recién llegado cometí muchas torpezas. Una de ellas consistió en pasar a los que venían a buscarme a la sala y decirles que se sentaran.


No me había dado cuenta de que un sillón es, para un campesino, como un continente misterioso. Se quedaban petrificados, sin saber dónde poner el sombrero, ni las rodillas, ni la mirada. En la barda del aventadero, en cambio, estábamos en igualdad de circunstancias y ellos se sentían con mayor libertad.


Otra torpeza que cometía al principio, era dejarlos que ellos llegaran, por sus propios medios, al meollo de la conversación. La emprendían errática, que pasaba por la sombrilla de mi bisabuela, la infidelidad de mis mozos, el parto de la Pomposa, la incompetencia de mi mayordomo, etcétera. Eran tremendos chismosos y cada conversación duraba entre una y dos horas.


Más tarde, con la experiencia, adopté otro sistema. Consistía en salir a encontrarlos, con la mano extendida y las siguientes palabras:


—Buenas tardes. ¿Qué se ofrece?

Para dar por terminada la conversación había otra fórmula infalible, que era decir:


—Muy bien. En eso quedamos.”


Mis memorias del subdesarrollo (V)

La barrera del idioma

13 de noviembre de 1970

en La casa de usted y otros viajes, p. 63-64.



La familia de Trene lo atendía


“Trene había sido elegido por mi madre para que fuera el mozo de la hacienda y en esa función se quedó hasta que vendimos lo último que nos quedaba del casco, en 1960. La única virtud que no todos estaban de acuerdo en reconocerle a Trene, era la de barrer con una minuciosidad notable.


Cuando yo estaba solo en la hacienda, Joaquina, la mujer de Trene, era la encargada de alimentarme.


En la mañana me daba un té de hojas de naranjo, un huevo frito en salsa de chile y frijoles. Al mediodía, un huevo frito en salsa de chile y frijoles. Afortunadamente, en esa época, me gustaban tanto las hojas de naranjo, como los huevos fritos en salsa de chile, y los frijoles.


La manera de servir la mesa obedecía a un ritual muy bien establecido.


Primero aparecía Trene con una tortilla a medio mascar en la boca y preguntaba:


—¿Qué si ya quere comer?


Siempre contesté afirmativamente. Él entraba a la sala, que también servía de comedor y de despacho, abría un armario y de él sacaba los trastos necesarios para servir la comida. Se retiraba, y unos diez minutos más tarde entraba Trene, primero, llevando la jarra del té, Joaquina llevando un plato con el huevo frito en salsa de chile, Lucita con el plato de los frijoles, y Fidelito, un niño que tenía la peculiaridad de no saber decir más que “mamá” y “papá” a los ocho años, con las tortillas.


En tiempo de invierno, las mujeres entraban de rebozo y los hombres de sombrero, y en verano, las mujeres seguían de rebozo, pero los hombres venían de camiseta.”


En una hacienda del Bajío

Servidumbre y grandeza

8 de enero de 1971

en La casa de usted y otros viajes, p. 69-70.

Describe cómo era Irapuato en ese entonces


“En la época que pasé en el rancho había en Irapuato cuatro cines. Tres de ellos estaban consagrados a la exhibición de las obras completas de Pedro Infante, Ninón Sevilla, Tin Tán, etcétera. En el cuarto, en cambio, vi en programas salteados y entre otras películas, La cartuja de Parma, de Christian-Jaque; Hamlet, de Laurence Olivier; El diablo en el cuerpo, de Autant-Lara; La ronda, de Max Ophüls, películas que en 1950 no eran las más recientes pero que eran cine moderno de buena calidad.


Cada vez que pasaba por Irapuato para venir a México me informaba de qué daban en aquel cine y casi siempre había algo interesante, entonces yo iba a la segunda función y tomaba el camión de la medianoche. La sala en sí era muy agradable, porque casi siempre estaba medio vacía.”


Misterios de la cámara oscura

en Autopsias rápidas, p. 147-148.

Fragmentos de tomados de “En primera persona, cronología ilustrada de Jorge Ibargüengoitia. Investigación y compilación de Horacio Muñoz Alarcón.

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