Jorge Ibargüengoitia en Irapuato



Nació en Guanajuato el 22 de enero de 1928 y murió en Madrid, España, el 26 de noviembre de 1983. Famoso dramaturgo, narrador y ensayista. Considerado como uno de los más agudos e irónicos autores de la literatura hispanoamericana y un crítico mordaz de la realidad social y política de México.


Estudió arte dramático y la maestría en Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, además de teatro en Nueva York. Fue becario de las fundaciones Rockefeller, Fairfield y Guggenheim, así como del Centro Mexicano de Escritores.


Fue director de la Escuela de Verano de la Universidad de Guanajuato y profesor del Summer Institute de la Bradley University, en Illinois, Estados Unidos. En su larga trayectoria colaboró en publicaciones como Excélsior, Revista de la Universidad de México, Revista Mexicana de Literatura, Siempre! y Vuelta.


Su obra abarca novelas, cuentos, piezas teatrales, artículos periodísticos y relatos infantiles.


Reconocimientos


Entre los numerosos premios literarios que obtuvo sobresalen el Ciudad de México de la VII Feria Mexicana del Libro, en 1960, por la obra de teatro La conspiración vendida; el Casa de las Américas por la novela Los relámpagos de agosto, en 1964, y el de Novela México 1975 por Estas ruinas que ves.


En títulos como Dos crímenes (1979), Las muertas (1977) y Los pasos de López (1982) echó mano del costumbrismo para convertirlo en la base de historias irónicas y sarcásticas. En el terreno del cuento publicó La ley de Herodes (1967). Entre sus obras de teatro resaltan Susana y los jóvenes (1954) y El atentado (1963). Su archivo personal se encuentra en la Firestone Library de la Princeton University en Nueva Jersey, Estados Unidos.


Con su capacidad para ver la realidad de forma singular, Ibargüengoitia convirtió la cotidianidad y la vida sociopolítica del México de mediados del siglo XX en un instrumento crítico y humorístico que se reflejó en una gran cantidad de crónicas para diarios y revistas, además de cuentos y novelas que luego se convirtieron en exitosas cintas cinematográficas.


Ibargüengoitia en Irapuato


El escritor Jorge Ibargüengoitia vivió durante un tiempo en una hacienda en San Roque en Irapuato, Gto., estos son algunos de sus recuerdos en este lugar:


“Cuando llegué yo a la hacienda, en 1948, una tercera parte de las parcelas estaban baldías.


—¿Y estas tierras?— pregunté.


—Son de los ejidatarios— me contestó el mayordomo.


El “dueño” de una estaba radicado en Los Ángeles, el de otra, se había ido de bracero, otro andaba de albañil en Irapuato y otro, el caso más notable, trabajaba de mediero. Pero cada cual, muy tranquilo, conservaba su tierra llena de mostaza, allí esperándolo, para cuando viniera una mala racha y no tuviera en donde refugiarse.”


Mis memorias del subdesarrollo (III)

Peculiares ejidatarios de Guanajuato

6 de noviembre de 1970

en La casa de usted y otros viajes, p. 58.



“Se trata de una hacienda que era de mi familia. No voy a decir aquí que era una hacienda modelo y que estaba estupendamente administrada cuando llegó la Reforma Agraria. Nada de eso. Era una hacienda que fue muy buena durante el siglo pasado y estaba en plena decadencia en 1938, cuando fue repartida. Nunca fue una hacienda muy grande. Lo que más llegó a tener fueron tres mil hectáreas, contando una gran parte, aproximadamente la mitad, de terreno incultivable, que servía para que pastaran las cabras o vacas acostumbradas a comer huizache. A principios de este siglo fue fraccionada y dividida entre cuatro hermanos. La parte que le correspondió a mi padre, que fue la que yo más tarde administré, tenía unas trescientas hectáreas de tierras primarias y el resto era monte.”


Mis memorias del subdesarrollo (III)

La Reforma Agraria

30 de octubre de 1970

en La casa de usted y otros viajes, p. 51.



Descripción de la hacienda


“Vista desde La Lomita, la ranchería de San Roque tenía un aspecto medieval y africano”


“El casco de la hacienda es una construcción antigua de adobe recubierto de piedra. En el arco del mirador que está en la planta alta, hay, inscrita en el estuco, una fecha: 1692. La casa habitación es amplia, pero de sencillez espartana y en determinado momento puede cerrarse herméticamente y quedar convertida en fortaleza.


En una de las habitaciones hay una tronera desde donde uno puede acribillar a cualquiera que se acerque al portón que, por su parte, encierra la casa, el pozo, una troje pequeña y los establos. [...]


La casa mira al oriente, al monte y al Cerro Grande. La ranchería, que queda atrás de los corrales, y está perfectamente aislada de la casa grande, tiene forma de pentágono y está circundada por un foso que sirve al mismo tiempo de desagüe y de defensa. Por las noches, cuando todo el ganado ha sido recogido, se cierran dos puertas y la ranchería queda aislada del mundo exterior.


Cerca de la casa hay dos eras y un aventadero, en donde se desgranaba todo el producto de la cosecha antes de guardarse en las dos trojes, que son enormes.


Lo admirable de estas construcciones en lo bien planeadas que fueron. Cada una de ellas ofrece una solución, no original, pero sí perfecta, a una variedad enorme de situaciones: desde una cosecha abundantísima, hasta un ataque militar.


Dicen las malas lenguas que esta hacienda fue, en un principio, propiedad de las monjas del Convento de la Soledad, en Irapuato.