18 de agosto de 1973. Inundación de Irapuato



Una marca imborrable se queda grabada en la memoria de los irapuatenses, a causa de ésta inundación, provocada por el desbordamiento de la Presa del Conejo. En algunas partes el agua llegó a los 3.15 metros de altura, causando incuantificables destrozos en la ciudad.


Eran cerca de las 12:30 Hrs., de un sábado 18 de agosto de 1973, cuando el agua ya recorría el norte de la Avenida Guerrero. Media hora después la ciudad de Irapuato era un caos debido a la magnitud de la inundación.



Terrible inundación


Crónica de José Luis Chávez Hernández, tomada de el Independiente. Semana del 16 al 22 de agosto de 2012:





Negligencia, caprichos de naturaleza, falta de prevención, irresponsabilidad, todo ello se conjugó para que Irapuato fuera arrasado por la más terrible inundación que ha sufrido en su historia.


Los bordos de contención de la presa El Conejo, al norponiente de este municipio, cedieron ante la presión del agua que ya había recibido de las presas La Gavia y La Llave; la naturaleza había hecho su parte en ese mes tan llovedor de agosto que hacía renacer las esperanzas de buenas cosechas, luego vino la negligencia, la falta de prevención, el aviso oportuno para buscar poner a salvo vidas y pertenencias.


… ¿Muertos?, ¡muchos!, ¿cuántos?, las cifras reales nunca se dieron a conocer. Se habla de gente que murió ahogada en el estacionamiento de la entonces tienda Blanco, allá por Guerrero.


Debe ser cierto, porque cuando se entra al sótano de esa plaza se siente escalofríos y se parece oír lamentos. Dice un viejo bombero que utilizaron un camión de servicio de limpieza para sacar los cuerpos y depositarlos en una fosa común cavada ex profeso momentos antes.


Ya no vimos más al “loquito” aquel que deambulaba por Guerrero y que le apodaban “El Tarzán”, a quien los chiquillos se le colgaban de los brazos y los alzaba como campeón de levantamiento de pesas. Aseguran que se lo “tragó” una alcantarilla que llevaba miles de litros de agua que nos había dejado “El Conejo”.


Cuando vino Echeverría, a la sazón Presidente de la República, a conocer la magnitud del desastre, buscaron llevarlo por lo más “limpiecito”, lo menos afectado, pero un grupo de notables del pueblo encabezados por el Lic. Eugenio Albo Moreno, con esa valentía y esa claridad que siempre lo ha caracterizado, habló fuerte: “¡Que no lo engañen señor, Irapuato está destruido...!” Y por eso se volvió a escuchar el “¡Tú no, Max…!”.


Y gracias a ese gesto de arrojó llegó la ayuda, llegó Indeco, los programas de reconstrucción, de construcción de viviendas, nació la Colonia 18 de Agosto, Renovación.


Perdóneme por escribir en primera persona, pero yo así viví ese 18 de Agosto, a mí nadie me contó: ¡Dios mío, no puede ser posible…! Así repetía de incrédulo desde lo alto de la azotea de una casa de enfrente mientras veía como las turbulentas aguas derrumbaban mi hogar construido con adobe y tejas de asbesto y cómo si fuera un torbellino se llevaba mis pertenencias que en los últimos dos años había logrado adquirir con grandes esfuerzos y muchas ilusiones.


Al igual que muchos de mis vecinos, del famoso sector cuatro, perdimos todo lo material.


A volver a empezar. Otra vez a luchar Terminamos levantándonos de los escombros, de las ruinas en que quedó sumido Irapuato ese aciago día.


Era la tarde de aquel sábado 18 de agosto de 1973, que se mira lejano, pero para quienes vivimos la tragedia aún está fresco, está presente en la memoria. El agua embravecida, como un río feroz, hacía corriente por las calles, y allá por mi rumbo, el famoso Barrio Nuevo o Comonfort, que formaba parte del sector cuatro, junto con Xicoténcatl, Cuatro Vientos, Dr. Liceaga, Primo Verdad y Guadalupe Victoria, causaba estragos.


De pronto se oían gritos de auxilio, al rato eran voces lastimeras, señoras presas de la histeria.


Era algo inenarrable que aún duele, aún lastima.


Los barrotes de la ventana de la casa, de las pocas de concreto con cimientos fuertes que había en ese sector, nos servían de referencia para ir viendo cómo iba subiendo el nivel del agua. Un metro, dos, tres… y luego, ¿qué va a ser de nosotros?


Yo abrazaba a mi hijo Carlos Alberto, de menos de dos años, y decía: “Nos morimos juntos, yo no lo suelto”.


Como si fuera poco, a medida que se hacía tarde, oscuro llovía, familias enteras, que apenas tomaron subirse a lo alto de las casas con buenos cimientos con apenas lo que llevaban puesto, titiritaban de frío, los niños lloraban de hambre.


¡Dios, qué pesadilla!

A un lado de la casa donde trepamos, había un lote baldío y justo en medio un árbol de zapote blanco, alto, frondoso, ahí en su tronco, estaba atrapado un hombre que a medida que iba subiendo el nivel del agua, trepaba ramas arriba.


Pasada la media noche le gritábamos: “No se duerma don Pedro, no se suelte, resista…”.


En cada barrio, en cada rumbo de Irapuato, vivieron sus propias historias, su tragedia. Quien más tenía, más perdió, Los pobres, bajamos un escalón más en la escala social.


Mi barrio casi desapareció, fue el más castigado, el famoso sector cuatro.